Sábado 11 de Julio de 2009
Santiago con todas sus letras
El vínculo entre literatura y ciudad es el hilo conductor de un paseo dominguero por las calles del centro de Santiago.
TEXTO, PAULA DONOSO BARROS | FOTOGRAFÍAS, VIVIANA MORALES La Plaza de Armas en su compañía no es el desangelado paso de cruce rápido. Es el asalto de Michimalongo y la historia de Inés de Suárez, de "Inés del alma mía" en imágenes de Isabel Allende; es el lugar donde camina Matías Vicuña de "Mala onda" de Alberto Fuguet; o donde Juana Lucero de Augusto D'Halmar cae hasta conocer los más bajos mundos. Las figuras de mármol de la pila que recuerda la Independencia americana, se pueden mirar con los mismos ojos que las vio un modesto Martín Rivas recién llegado a la ciudad, según escribió Alberto Blest Gana.
Siguiendo la vida de cronistas y escritores, visitando lugares que marcan la trama de algunas novelas o en donde los propios autores vivieron vidas intensas, la caminata que propone Cultura Mapocho recorrerá mañana una docena de lugares guiada por los relatos de los historiadores Vólker Gutiérrez y Luciano Ojeda, sus organizadores, y con la compañía de Manuel Peña Muñoz, cronista, autor de "Los cafés literarios en Chile", y dueño de un sinfín de documentadas anécdotas.
Con su historia cada edificio destaca en la rutina de una panorámica tantas veces vista. En el costado oriente de la plaza, el Portal Fernández Concha, una de las construcciones más elegantes del siglo XIX, vuelve a ser el Hotel Inglés donde escritores como el argentino Domingo Faustino Sarmiento se reunía con literatos. Y luego avanza en el tiempo para, con sus habitaciones convertidas en departamentos de un ambiente y baño, servir de escenario para que Jorge Edwards situara su libro "El sueño de la historia". La novela que transcurre en 1980, gira en torno a los manuscritos que allí descubre el protagonista con la vida de Joaquín Toesca, el arquitecto italiano autor de La Moneda, y con detalles del proceso judicial que éste siguió contra su esposa para pedir el divorcio. Una historia sabrosa en la novela y en la realidad, pues varias veces Toesca salvó de morir envenenado por su mujer.
Tan famoso como el Inglés -o el Oddó que inspiró una de las tantas crónicas de Joaquín Edwards Bello- es el Hotel Crillón, imponente construcción que se levanta en Agustinas con Ahumada. Frente a su puerta cuentan que fue construido como casa familiar por los arquitectos Siegel y Geiger para los Larraín García Moreno y que fue comprado por los Cousiño, quienes lo convirtieron en hotel, Savoy primero y luego Crillón. Escenario de Edwards Bello para Teresa Iturrigorriaga, "La chica del Crillón", muchacha de la sociedad, venida a menos, que viaja desde sus nuevos barrios en un cité de calle Romero para reencontrarse con los buenos tiempos. Hotel de lujo de la ciudad en el siglo XX fue triste escenografía para los actos nada literarios de dos reconocidas escritoras.
María Luisa Bombal, una de ellas. De vuelta de Buenos Aires donde ya había publicado "La última niebla", "La amortajada" y "Las islas nuevas", venía con su matrimonio desecho y todavía enamorada de Eulogio Sánchez Matte, antiguo amor a quien culpó por su indiferencia de todas sus tragedias. Le disparó un día en las puertas del hotel sin lograr su objetivo. Era 1941. Catorce años después, en el mismo lugar, María Carolina Geel le disparó con mayor certeza a su amante, un hombre casado que tras enviudar evitó cualquier compromiso con ella. Testigo del suceso fue Matilde Ladrón de Guevara, quien lo relata en su libro "Leona de invierno". Carolina va presa y de esa estada nace "Cárcel de mujeres", una famosa novela muy celebrada por el crítico Alone, donde relata su experiencia.
El recorrido viaja en la memoria por el Santiago de tertulias y de cafés. El Fancy, el Lucerna. el Santos, donde según Luis Sánchez Latorre "a la hora del té puro o con leche, entre bollitos generosos, masitas dulces y magdalenas, que nos hacían recordar a Marcel Proust, pasábamos revista al mundo". El Goyescas con la primera escala mecánica y un nombre que alude a las reproducciones de Goya que decoraban sus muros. El tea room de Gath y Chaves, hoy la galería España en Huérfanos con Estado, punto de reunión para escritores como Mariano Latorre, María Monvel, Victoria Barros y Marta Vergara, primer edificio santiaguino con ascensor, exhibió también los primeros maniquíes femeninos de cuerpo entero y la gente se agolpaba a verlos. Lo cerraron cuando sus empleados exigieron más sueldo y los dueños se negaron. Nadie supo qué hacer con un edificio construido especialmente como tienda de departamentos y lo demolieron. Pero sus cuarenta años de vida, entre 1910 y 1950, fueron más que suficientes para marcar la sociedad.
No queda ninguno de los viejos cafés, en rigor muchos de ellos restoranes, pero sus nombres salen al paso al recorrer sus direcciones. Los cronistas urbanos hacían su vida en ellos, observaban, conversaban. El Club de La Unión reunía a los hombres elegantes y a los periodistas conservadores del diario Ilustrado. Joaquín Díaz Garcés escribía en el club y mandaba las notas con un junior a la redacción. También Joaquín Edwards Bello.
Junto al majestuoso edificio de Alberto Cruz Montt se instaló La Unión Chica, en calle Nueva York 11. Lugar de encuentro para poetas provincianos, su nombre como una ironía marca el terreno de quienes no les da el pelo para entrar al club. Es el centro de reunión de la generación del 50. Francisco Coloane, Jorge Teillier, Rolando Cárdenas... nace allí el movimiento de poesía lárica, con autores envueltos por la nostalgia de sus lares. Vienen de la provincia y en los años 80 aquí se resguardan de un mundo que sentían militarizado y hostil, arreglando el mundo con vino, pebre y pernil. "Sólo de orquesta" de Enrique Valdés es el libro que registra la vida de La Unión Chica. Por esos mismos años, muy cerca, en Ahumada y Alameda, megáfono en mano, Enrique Lihn lanzaba su "Poemario del Paseo Ahumada", en una edición de panfleto. Es 1983 y termina en la cárcel.
El recorrido urbano-literario no olvida el Municipal y La Moneda. El primero porque allí ocurrió el drama que Luis Orrego Luco relata en la famosa "Casa grande": el bullado asesinato de una mujer a manos de su marido celoso. Personajes conocidos en una novela que aunque cambió nombres y la bala por una inyección letal, todos supieron reconocer, y le valió al aristócrata escritor la sanción de su familia, de la sociedad y de la iglesia. Fue desclasado, tal como Joaquín Edwards Bello, luego de publicar "El inútil" que criticaba a su propia clase social.
Por último, La Moneda y el mérito de haber albergado en su interior las tertulias organizadas por Pedro Balmaceda Toro, hijo del entonces presidente que reunía en la casa de gobierno a diversos escritores. Uno de ellos el nicaragüense Rubén Darío quien, rodeado de los interiores afrancesados y cosmopolitas del edificio, se inspiró para crear en 1888 el modernismo en la poesía -afrancesado, cosmopolita y exótico, por definición- sin haber ido nunca a París.
En poco más de dos horas la ciudad se lee de otra forma. Deja de ser lugar de paso para enraizarse en la historia y llenarse de buenas historias. Curiosamente al cerrar el recorrido, la sensación es muy parecida a la de terminar un buen libro.
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